|
¿Alguien trabajaría si se garantizara el ingreso con
independencia del trabajo?
Una crítica muy frecuente al ingreso ciudadano es la que
sostiene que “al disociar el ingreso del trabajo, haría caer
inaceptablemente la oferta de mano de obra
por
debajo de los niveles necesarios para producir los bienes y servicios
requeridos por la vida social, volviéndose de este modo insostenible”.
Digamos ante todo que, si el ingreso ciudadano hiciera efectivamente que la
mayoría optara por no trabajar, sería sin dudas una propuesta inviable. Y,
según la opinión generalizada, si se garantiza el ingreso con independencia
del trabajo, la mayoría optaría efectivamente por no trabajar. Pero ¿hay
realmente razones que nos autoricen a sacar semejante conclusión? Tal
conclusión supone que la gente sólo trabaja para no morirse de hambre, pero
todo lo que sabemos de psicología nos indica que no sólo no es el instinto
de supervivencia la única razón para que alguien decida emprender una
actividad productiva, sino que tampoco constituye la única razón capaz de
mover al trabajo a un número suficientemente significativo de personas. En
primer lugar, el ingreso ciudadano sólo asegura un piso de ingresos. Muchas
personas desearán que sus ingresos se eleven por encima de ese piso para
acceder a un mayor nivel de consumo o al mayor status social asociado
a él, y para eso deberán dedicarse a actividades productivas. En segundo
lugar, los seres humanos necesitamos ser reconocidos y apreciados, y en
nuestras sociedades el reconocimiento social va usualmente unido, bien al
status asociado a una alta capacidad de consumo, bien al desempeño de
alguna actividad considerada útil a la sociedad, o valorada socialmente por
alguna razón. El desempeñarse bien en su profesión, o simplemente el ser
persona “de trabajo” suele ser fuente de reconocimiento social y es valorado
por esa razón. En tercer lugar, existe una fuerte “ética del trabajo”
(impulsada, por lo demás, por una potente campaña mediática) que constituye
por sí misma una motivación para un gran número de individuos, que
consideran un deber moral “ganarse el pan con el sudor de su frente”. En
cuarto lugar, los individuos necesitamos dar sentido a nuestras vidas
mediante proyectos o desafíos. Por las razones apuntadas anteriormente, no
es de extrañar que, para la mayoría de las personas, una parte central de
ese proyecto tenga que ver con seguir una “vocación” ligada al ejercicio
profesional. En quinto lugar, los seres humanos necesitamos estímulos, no
menos que confort. Muchos trabajos (aunque no la mayoría) ofrecen
oportunidades de desarrollar actividades gratificantes, que contienen un
atractivo intrínseco. En estos casos, el carácter mismo de la actividad
constituye una motivación para realizarla.
Aunque el impacto del ingreso ciudadano sobre la oferta de
mano de obra es una cuestión fáctica que debe determinarse empíricamente,
todas estas motivaciones, que pueden actuar solas o combinadas, constituyen
otras tantas razones para pensar que un estudio empírico serio arrojará
resultados bastante distantes de los que se siguen del simplismo
motivacional de ciertas concepciones muy difundidas.
¿Ayudaría el ingreso ciudadano a integrar a los excluidos?
Según otra crítica usual, “aunque el ingreso ciudadano
solucionaría el problema de la pobreza, lo haría al precio de consolidar y
legitimar la dualización de la sociedad (esto es, la división de la sociedad
en dos grupos de personas: uno con buenos empleos, reconocimiento social y
buen nivel de vida, y otro con empleos precarios, nulo reconocimiento social
y un nivel de vida muy inferior)”. La idea que subyace a esta objeción es
que el ingreso ciudadano se limitaría a otorgar un ingreso mínimo a los
desocupados y subocupados, sin hacer nada por favorecer su acceso al mercado
laboral, o a los empleos más atractivos intrínseca o económicamente. Esta
suposición está nuevamente injustificada. Otra vez, se trata de una cuestión
que sólo puede saldar una investigación empírica, pero, aquí también, hay
razones para creer que tal investigación arrojará resultados distintos de
los que presupone la objeción. En primer lugar, y como se indicó más arriba,
el ingreso ciudadano liberaría a los desocupados de las trampas de
inactividad asociadas a los subsidios condicionales. De este modo, les
permitiría aceptar empleos que actualmente se ven obligados a rechazar, ya
que sencillamente se sumarían a su renta básica, aumentando su capacidad de
consumo, sin ponerlos en situación de riesgo. En segundo lugar, hay que
tener en cuenta que esto no sólo les permitiría aceptar empleos precarios e
intrínsecamente desagradables (con vistas a incrementar en algo su nivel de
ingresos); sino que también les permitiría aceptar empleos temporarios o
ad honórem como medio para acceder a empleos estables, más agradables o
mejor remunerados. En tercer lugar, un ingreso ciudadano haría posible la
capacitación o la actualización que los ponga en mejor situación para
acceder a empleos más interesantes intrínseca o económicamente. En cuarto
lugar, un ingreso ciudadano hará probablemente que muchas de las personas
que actualmente trabajan a tiempo completo, elijan hacerlo a tiempo parcial,
o decidan tomarse licencias más prolongadas, o abandonar por un tiempo el
empleo para dedicarse a la educación de sus hijos, o a actividades de
formación, o simplemente para descansar. Al hacerlo, dejarán puestos de
trabajo para aquellas personas capacitadas que actualmente se cuentan entre
los desocupados. De este modo, el ingreso ciudadano promovería un reparto
más equitativo de los empleos disponibles. En quinto lugar, al otorgar a
cada uno un ingreso constante, el ingreso ciudadano haría más fácil y menos
riesgoso el iniciar un microemprendimiento individual o colectivo. De este
modo, los actuales desempleados podrían convertirse, con ese pequeño
capital, en autoempleados, o asociarse en emprendimientos cooperativos con
menores costos y mayores perspectivas de éxito que las que tienen
actualmente.
Por
tanto, es posible pensar que un ingreso ciudadano, antes que consolidar la
dualización de la sociedad, proporcionaría un arreglo institucional capaz de
jugar un papel en la solución de ese problema. |